
Corre la tarde y el día muere en las nubes manchadas por pedazos de luz que niegan el final del viaje de hoy. Es tiempo de ocultarse en un café y advertir el paso de las sombras que deambulan libremente sobre la acera, siempre he tenido miedo de estas horas que al tiempo presagian la salida al mismo lugar tan lleno de olores ruidos y encuentros.
El pequeño local me resguarda de la velocidad con que la vida corre por las calles. Dentro sillas y mesas contienen el calor de los bebedores de café, resultando la escena un fino lienzo de muros de blanco aplanado, donde se proyectan las sombras tenues de los hombres y mujeres que ahí existen. La imagen que presencio se compone de lo mínimo solo alterado por efectos claroscuros que al poco se consumen en cada rincón hundido entre muros. Entonces me percato de una música profunda que invade el lugar. De inmediato reconozco la emoción y melancolía que me produce y veo que es tiempo en que el café se cambie por el vino, las voces se hagan graves y la transparencia se tiña de rojo. Terminado el café este día se ha perdido por completo, y libre al fin penetro en lo que queda de mundo, confundido en visiones tan negras como el turco que bebí a ratos. Cubierta mi deuda marcho hacia la calle rozando las paredes para recordar que mañana volveré. Por ultimo aspiro esa mezcla de aromas que viene de la gente, el café y los muros blancos.
Es esta ciudad mi lugar, donde la vida nos alcanza y ya no suelta, donde el humo se disuelve en el color, y el calor diluye y pasa sus gotas en cuerpos refregados uno al otro, en un ritual cotidiano de caricias no previstas. Ahora me encuentro vació frente al puente que me conduce por las calles que atravieso con los ojos abiertos y la vista perdida en la dimensión de una banqueta que no cambia. La suma de las calles es mas liviana y corta sin el peso de las construcciones duras e indiferentes ocultas por la oscuridad, mientras la noche solo se inquieta por medias luces que a ratos me iluminan. La ultima calle esta por terminar y el recuento diario es el mismo, sombras que corren para no perder las ultimas horas del día, mientras fantasmas resguardados en nichos subterráneos y ventanas indiscretas revelan la soledad de sus habitantes.
Llego ya y atravieso un viejo frontón que me traga y digiere en una oscuridad completa. Subo unas escaleras roídas por el tiempo, con pasos que desgajan fino polvo blanco a cada huella para terminar en lo alto de un antepatio medianamente iluminado por la luna brumosa. Estoy en el umbral de ese otro mundo donde solo yo gobierno, una puerta de medio punto vidriada y labrada en madera noble. Felizmente la atravieso y aspiro cada esquina y mueble que guarda un recuerdo. Enciendo un cigarro que me deja la boca seca. He de beber algo y así lo hago, acompañándome con música y sueños de otra vida, un lugar donde los acordes formen la casa de los olvidados, de aquellos que llegan y van al ritmo de sus vidas. Me levanto un tanto mareado de recuerdos y camino a pasos cortos sobre una duela que rechina y que me anima a llegar de un salto sobre aquella cama que alguna vez compartio otro peso mas que el mío.
Corre la madrugada y el día nace en el cielo manchado por pedazos de luz que confirman el inicio del viaje de hoy. Es tiempo de salir por un café y advertir el paso de las sombras que deambulan libremente por la acera, siempre he tenido miedo de estas horas que al tiempo presagian la salida al mismo lugar, tan lleno de olores, ruidos y encuentros.
El pequeño local me resguarda de la velocidad con que la vida corre por las calles. Dentro sillas y mesas contienen el calor de los bebedores de café, resultando la escena un fino lienzo de muros de blanco aplanado, donde se proyectan las sombras tenues de los hombres y mujeres que ahí existen. La imagen que presencio se compone de lo mínimo solo alterado por efectos claroscuros que al poco se consumen en cada rincón hundido entre muros. Entonces me percato de una música profunda que invade el lugar. De inmediato reconozco la emoción y melancolía que me produce y veo que es tiempo en que el café se cambie por el vino, las voces se hagan graves y la transparencia se tiña de rojo. Terminado el café este día se ha perdido por completo, y libre al fin penetro en lo que queda de mundo, confundido en visiones tan negras como el turco que bebí a ratos. Cubierta mi deuda marcho hacia la calle rozando las paredes para recordar que mañana volveré. Por ultimo aspiro esa mezcla de aromas que viene de la gente, el café y los muros blancos.
Es esta ciudad mi lugar, donde la vida nos alcanza y ya no suelta, donde el humo se disuelve en el color, y el calor diluye y pasa sus gotas en cuerpos refregados uno al otro, en un ritual cotidiano de caricias no previstas. Ahora me encuentro vació frente al puente que me conduce por las calles que atravieso con los ojos abiertos y la vista perdida en la dimensión de una banqueta que no cambia. La suma de las calles es mas liviana y corta sin el peso de las construcciones duras e indiferentes ocultas por la oscuridad, mientras la noche solo se inquieta por medias luces que a ratos me iluminan. La ultima calle esta por terminar y el recuento diario es el mismo, sombras que corren para no perder las ultimas horas del día, mientras fantasmas resguardados en nichos subterráneos y ventanas indiscretas revelan la soledad de sus habitantes.
Llego ya y atravieso un viejo frontón que me traga y digiere en una oscuridad completa. Subo unas escaleras roídas por el tiempo, con pasos que desgajan fino polvo blanco a cada huella para terminar en lo alto de un antepatio medianamente iluminado por la luna brumosa. Estoy en el umbral de ese otro mundo donde solo yo gobierno, una puerta de medio punto vidriada y labrada en madera noble. Felizmente la atravieso y aspiro cada esquina y mueble que guarda un recuerdo. Enciendo un cigarro que me deja la boca seca. He de beber algo y así lo hago, acompañándome con música y sueños de otra vida, un lugar donde los acordes formen la casa de los olvidados, de aquellos que llegan y van al ritmo de sus vidas. Me levanto un tanto mareado de recuerdos y camino a pasos cortos sobre una duela que rechina y que me anima a llegar de un salto sobre aquella cama que alguna vez compartio otro peso mas que el mío.
Corre la madrugada y el día nace en el cielo manchado por pedazos de luz que confirman el inicio del viaje de hoy. Es tiempo de salir por un café y advertir el paso de las sombras que deambulan libremente por la acera, siempre he tenido miedo de estas horas que al tiempo presagian la salida al mismo lugar, tan lleno de olores, ruidos y encuentros.

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